Después de dos noches de insomnio absoluto, en las que el silencio del apartaestudio de Lucy parecía gritar su nombre, Isabella finalmente comenzó a ver la luz a través de las grietas de su propia desesperación. La visita de su hermana había actuado como un bálsamo, pero también como un espejo implacable. Se dio cuenta de que su huida no había sido un acto de valentía ni de dignidad, sino una capitulación ante el miedo. Había salido corriendo de la capilla porque no se sentía digna de ser amada