El restaurante The Gilded Perch no era simplemente un lugar para comer; era un santuario de cristal y mármol diseñado para que la élite de la ciudad se sintiera observada, pero intocable. Isabella se sentía como una intrusa en medio de aquella transparencia absoluta. Las paredes de vidrio reforzado ofrecían una vista panorámica de la avenida, donde el sol de febrero se reflejaba con una frialdad plateada. Dentro, el aire olía a orquídeas frescas y al perfume costoso de los comensales.
Leo Peter