A la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a asomar por encima de las colinas cuando el aroma a café recién pasado inundó la cocina de la casona. El silencio matutino era roto únicamente por el canto de las aves y el murmullo lejano del viento entre los árboles.
Leo bajó las escaleras en silencio, vistiendo una camisa blanca de mangas enrolladas y pantalones oscuros. Al entrar a la cocina, encontró a Clark de pie junto al ventanal, con una carpeta rígida bajo el brazo y una taza de café en