Un mes después, el aire en la finca no tenía nada que ver con el vapor asfixiante y cargado de tragedia de la ciudad. La casa de campo, una construcción imponente de piedra clara, madera oscura y grandes ventanales que daban a las colinas, se había convertido en un santuario infranqueable. Durante treinta días, el mundo exterior había quedado congelado al otro lado de los portones de hierro. No había periodistas, no había llamadas de la corporación y los periódicos financieros no cruzaban la en