El trayecto de regreso al penthouse se sintió completamente distinto. Las calles de la ciudad, teñidas por la luz dorada de la última hora de la tarde, ya no parecían una amenaza. En el asiento trasero de la camioneta, Leo llevaba la corbata floja y dos botones de la camisa desabrochados. La rigidez en sus hombros, esa postura defensiva que lo acompañaba desde la muerte de Alegra, había desaparecido. Tenía la vista fija en la pantalla de su teléfono, confirmando que el vuelo privado de Guillerm