Arianna
Quería que se fuera, lo más lejos posible de mí. Volví a empujar su pecho, pero Enzo era inamovible, sólido como una roca, y mi esfuerzo solo pareció divertirle. Su risa baja y burlona me hizo hervir la sangre.
—¡Aléjate! —grité, esta vez cerrando el puño para golpearlo.
Pero antes de que pudiera retroceder, su mano se disparó hacia adelante, atrapando mi muñeca. La sonrisa burlona se le borró del rostro en el instante en que notó lo que sostenía.
El estómago se me vino abajo. Mierda. O