Arianna—Quédate quieta, tesoro. Vas a arrugar el vestido.Lo intenté, de verdad. Pero el satén se me pegaba a los muslos y los nervios me hacían imposible quedarme quieta. Me removí otra vez en el taburete mientras mi madre, Lucia, reajustaba el corpiño, refunfuñando sobre mi postura y lo costoso que había sido el vestido.Mi hermana, Bianca, estaba recostada en el sofá cercano, bebiendo ya algo espumoso de una copa de cristal. Tenía el cabello peinado a la perfección y los labios de un rojo intenso. Casada a los dieciocho, amargada a los veintiuno, y con una mirada que gritaba que ya no soportaba ni un segundo más de su vida.—Cualquiera pensaría que te van a coronar Reina de Italia, no que te van a casar por obligación —dijo Bianca con ironía, cruzando una pierna sobre la otra.Puse los ojos en blanco, pero Lucia le lanzó una mirada fulminante.—No le arruines esto.Bianca levantó las manos.—Está bien. Me callo. Solo estoy aquí como apoyo moral.Alisé la parte delantera de mi vest
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