Mundo ficciónIniciar sesiónEnzo
Tiene que ser el estrés. Eso es lo que me digo a mí mismo, una y otra vez. Nada más lo explica. Las noches de insomnio, la irritabilidad, la forma en que cierto par de ojos verdes se niegan a abandonar mi maldita cabeza. Toda esta situación me está carcomiendo más de lo que esperaba. Necesito descifrar qué hacer con ella; cómo mantener a Arianna a una distancia segura mientras compartamos el mismo techo. —Escuché que estabas aquí —interrumpe una voz desde el umbral. Miro por encima del hombro y la veo entrar a la habitación. Tylor. —Felicidades —dice con frialdad—. Escuché que te casaste. —Las noticias vuelven rápido por aquí. —Me meto las manos en los bolsillos, enmascarando la frustración que ha ido acumulándose desde la mañana. Ella no se molesta con charlas triviales. Se dirige directo a la mesa, se sirve un trago como si fuera la dueña del lugar y le da un sorbo lento bajo mi mirada vigilante. —¿Significa eso que ya olvidaste a mi hermana? —pregunta, con un tono afilado y acusador—. ¿Es eso lo que valían todas tus palabras para Stella, Enzo? El sonido del nombre de Stella saliendo de sus labios hace que algo dentro de mí estalle. La vena de mi cuello pulsa y, antes de que pueda pensarlo, le arrebato el vaso de la mano y lo estrello contra la pared. Los fragmentos se esparcen por el suelo. Al segundo siguiente, mi mano se cierra alrededor de su garganta. —No vuelvas —jamás— a cuestionar lo que sentía por tu hermana —rujo, con una voz baja y mortal. Su rostro se tiñe de rojo bajo mi agarre mientras me entierra las uñas en las muñecas, pero no la suelto—. Y no te atrevas a cuestionar mis decisiones. ¿O necesitas que te recuerde quién soy yo y quién eres tú? Sus ojos se agrandan detrás de sus gafas mientras aprieto más. Intenta jalar aire, con las uñas clavándose en mi piel. —Aquí yo soy el rey, Tylor —siseo—. Y tú no eres más que una puta jugando fuera de tu liga. La empujo de repente y ella tropieza hacia atrás, tosiendo, frotándose el cuello. Cuando recupera el aliento, sus ojos destellan con veneno. —El rey aquí es Don Antonio —escupe—. Tú no eres más que su sombra. Mi puño se contrae, listo para destrozarle el rostro, pero me detengo en el último segundo. Ella se estremece, cubriéndose la mejilla, esperando el golpe. —No voy a darte lo que quieres —digo con frialdad—. Si estás buscando que te den una bofetada, ese es tu problema. Pero llévatelo a otra parte. Me giro hacia la puerta, listo para terminar con este intercambio inútil. Pero sus siguientes palabras me congelan en el sitio. —Stella seguiría viva si no fuera por Ilaria. Lentamente, me vuelvo hacia ella. —Aquel ataque no iba dirigido a tu mujer —insiste Tylor, con la voz temblando tanto por la furia como por el dolor—. Iba dirigido al perro de Ilaria. Mi hermana está muerta por su culpa. Y en lugar de vengar a Stella, todos ustedes se han convertido en los falderos de Ilaria. Tú, Fabrizio, Antonio... cada uno de ustedes moriría por ella. ¿Qué tiene esa mujer? ¿Qué clase de hechizo tiene sobre ustedes? Su palabras arden, pero no por las razones que ella cree. La contemplo durante un largo momento y luego respondo con total serenidad: —Ella nos recordó que todavía tenemos alma. Que a pesar de la sangre, el fango y el infierno en el que vivimos, no estamos completamente extintos. Eso es algo que no puedo decir de ti. Sujeto la manija de la puerta, pero antes de salir, miro hacia atrás una vez más. —Recuerda esto, Tylor. La única razón por la que sigues respirando es por respeto a la memoria de Stella. No hagas que lo olvidemos. Salgo a grandes zancadas, más tenso que antes, con la rabia hirviendo bajo mi piel. No hay forma de ganar con ella. No tiene más que veneno en las venas. Para cuando llego a mi camioneta, el agotamiento me presiona, pesado como una losa. Ni siquiera quiero ir a casa, pero no hay ningún otro lugar a donde ir. Con una amarga maldición, conduzco de regreso. No es ni medianoche cuando entro al estacionamiento subterráneo. Demasiado temprano. Espero que ya esté dormida. —Buenas noches, señor —saluda Marcos en cuanto bajo del vehículo. Es uno de mis hombres de mayor confianza. Esta noche estuvo a cargo de la seguridad de Arianna. —¿Cómo estuvo todo mientras no estuve? —Tranquilo, señor. La señora no salió del departamento ni solicitó nada. Frunzo el ceño. —¿Ni siquiera comida? —No, señor. Nada. Algo se descoloca en mi estómago. Eso no es bueno. —De ahora en adelante, ella es tu responsabilidad —le digo con firmeza—. A donde sea que vaya, tú estarás ahí. Es libre de salir del departamento, pero nunca sola. No conoce esta ciudad y, por supuesto que no conoce los peligros que la esperan. —Como ordene, señor. —¡Greco! —llamo. Mi jefe de seguridad se acerca rápidamente. —¿Sí, señor? —Coordínate con Marcos. Dividan a los hombres en dos equipos: los que se quedan conmigo y los que se quedan con... —Mi mandíbula se tensa alrededor de la palabra— ...mi esposa. Él asiente. —Considérelo hecho. —Bien. —Me detengo antes de subir al ascensor—. ¿Y Marcos? —¿Sí, señor? —Manténme informado de cada movimiento que haga. De cada uno. —Por supuesto. Los miro a ambos, y mi voz desciende a una amenaza que ni yo mismo entiendo del todo: —Y si algún hombre la mira por demasiado tiempo... le arrancaré los ojos, le cortaré las manos y haré que se coma su propia polla. ¿Quedó claro? Inclinan la cabeza en silencio. Las puertas del ascensor se cierran y ese peso extraño y persistente en mi estómago se vuelve más denso. Cuando entro al departamento, el silencio se siente mal. Demasiado pesado. Recorro la sala con la mirada, luego la cocina. Todo está impecable, intacto. Incluso el bote de basura está vacío. —No comió. El pensamiento se retuerce en mi pecho. No puede pasar un día entero sin probar alimento, no con su historial. —Es una adulta —murmuro entre dientes—. No es tu problema. Puede cuidar de sí misma. Pero mis pies me traicionan. En lugar de ir a mi propia habitación, me detengo frente a la suya. Algo me arrastra, un hilo invisible que se envuelve alrededor de mi pecho y me jala hacia la puerta. Lentamente, me inclino y presiono la oreja contra la madera. Nada. Ni un solo sonido. «No lo hagas, Enzo, no lo hagas», me repito a mí mismo, pero es en vano. Mi mano descansa en la perilla y le doy la vuelta; el cerrojo cede y la puerta se abre. No debería dormir con la puerta sin asegurar, es inseguro; aunque, en realidad, un pestillo no va a detener a nadie que realmente quiera hacerte daño. Abro la puerta con cautela. Las luces de la habitación están apagadas, pero las cortinas están ligeramente entreabiertas, dejando el espacio justo para que se filtre un halo de luz. Está acurrucada en la cama, con su largo cabello rubio desparramado sobre las sábanas blancas. Lamento que esté de espaldas y no pueda verle el rostro, pero el diminuto short de pijama que lleva me permite un glorioso primer plano de su trasero. Mi miembro responde a la imagen y me maldigo internamente por tener esta clase de reacción con ella. No es excesivamente voluptuosa, como a mí me gustan, ni tiene esa aura de femme fatale que tanto me atrae; por el contrario, parece una frágil muñeca de porcelana, aunque todo en su pequeño cuerpo está perfectamente acomodado, tal como ya me había quedado muy claro esta mañana. La presión en mis pantalones se vuelve dolorosa y, por reflejo, me froto contra la tela. —¡Mierda, esto no está bien! Ella se remueve y suelta un suspiro; mi corazón deja de latir a prisa pensando que va a descubrirme, pero no lo hace; sigue dormida, y esa es mi señal para detener esta insensatez e irme. Cierro la puerta intentando no hacer ruido, apoyo la cabeza contra la madera y respiro profundo para calmarme. Esto tiene que parar. Es solo el primer día. ¿Cómo se supone que voy a pasar el resto de mi vida así? Necesito más distancia. Miro hacia abajo, notando el enorme problema en mis pantalones. Y en este preciso momento, necesito una ducha verdaderamente fría.






