Capitulo 18

Enzo

Enzo

Conduje sin un destino fijo, dejando que las luces de la ciudad se desdibujaran a través del parabrisas. Todavía era temprano, y lo último que quería era volver a casa. La sola idea de tropezar con Arianna otra vez, de ver cómo su delicado rostro se tensaba por la incomodidad cada vez que yo estaba cerca, era suficiente para mantenerme dando vueltas por las calles.

—Esto es una m****a —mutile entre dientes, presionando el talón de mi mano contra mi frente—. Ya ni siquiera puedo tener paz en mi propia casa.

Sus ojos me habían seguido durante toda la mañana. Silenciosos, verdes, inciertos... pero ardiendo con algo que yo no podía expresar con palabras. Debí haberlo ignorado. Debí haberla tratado como si no existiera, tal como me prometí que lo haría. Pero, de alguna manera, su presencia se aferraba a mí como un humo del que no podía escapar.

Necesitaba una distracción. Un corte limpio en mis pensamientos antes de ahogarme en ellos. Así que dirigí el auto hacia uno de los clubes de la organización; el que mejor conocía. No era el lugar donde quería estar, pero era familiar, seguro, y sabía exactamente lo que podía encontrar allí.

Para cuando estacioné en el lote privado, la decisión ya estaba tomada. Entré por la puerta trasera, manteniendo la cabeza baja para evitar que me arrastraran a conversaciones con personas que no me interesaba ver. Una de las recepcionistas me interceptó en la escalera, con una sonrisa ensayada y una postura sumisa.

—Buenas noches, señor. No lo esperábamos esta noche. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Whiskey —dije en un tono plano, sin disminuir el paso.

—¿Alguna... compañía especial para la velada? —insistió ella, con una voz esperanzada.

Me detuve a mitad de las escaleras, miré por encima del hombro y respondí con una sola palabra.

—Sharon.

Su sonrisa se ensanchó con complicidad y asintió con la cabeza.

Me importaba un bledo lo que Salvatore o Stella pensaran de mis elecciones. Querían que jugara a la casita con una mujer a la que apenas conocía, una mujer impuesta en mi vida por las apariencias. Bien. Toleraría su existencia bajo mi techo. Pero no iba a fingir que podía cambiar de la noche a la mañana. Traer a extraños a mi espacio ya era más de lo que estaba dispuesto a ceder.

Cerré la puerta de un golpe al llegar a la suite privada del piso de arriba y me dejé caer pesadamente en el sofá de cuero semicircular. Mis sienes palpitaban con el mismo dolor sordo que siempre aparecía cuando pensaba en ella; en Arianna.

Unos minutos después, llamaron a la puerta. Sharon entró sin dudarlo, llevando una bandeja con el whiskey, un vaso y la siempre presente caja de condones. Me conocía bien. Eso era lo que tenía Sharon: predecible, eficiente, nunca exigía más de lo que yo estaba dispuesto a dar.

Esta noche llevaba un ajustado vestido de cuero negro que apenas le cubría los muslos, combinado con botas altas que abrazaban sus piernas tonificadas. Sus labios se curvaron en una sonrisa entrenada mientras dejaba la bandeja.

—Buenas noches, señor. Maite dijo que me buscaba.

Tomé el vaso que me sirvió y me lo tomé de un solo trago, dejando que el ardor me sirviera de ancla. Cuando le extendí el vaso de nuevo, lo rellenó sin decir una palabra.

Echándome hacia atrás en el sofá, abrí los brazos y le di la mirada que ella conocía de sobra. Dejó la botella a un lado y se colocó entre mis piernas, bajando con gracia hasta quedar de rodillas.

Sus dedos trabajaron en mi cinturón con una soltura experta, y pronto su boca cálida estuvo sobre mí. Conocía mi ritmo, mis preferencias, cómo llevarme profundo y mantener el paso constante. Cerré los ojos, dejándome hundir en la sensación.

Pero no era suficiente. No esta noche.

Por muy hábil que fuera ella, las imágenes en mi cabeza no coincidían con la mujer que estaba de rodillas frente a mí. En su lugar, mi mente me traicionó. Ojos verdes. Mejillas rosadas. Labios suaves entreabriéndose en un suspiro tímido. Arianna.

Se me cortó la respiración y mi cuerpo se congeló a mitad del movimiento. Me obligué a abrir los ojos y, por una fracción de segundo —demasiado vívida para ser un truco de la luz—, la vi a ella. No a Sharon. A Arianna, devolviéndome la mirada con esa parálitica e inocente expresión.

—¿Qué coño...? —siseé entre dientes, apartándome de golpe. Enredé mi mano en el cabello de Sharon para soltarme y ella tropezó hacia atrás, cayendo sobre la alfombra con un grito de sorpresa.

Sus ojos volvieron a ser marrones; confundidos, asustados.

—¿Qué... qué pasa, señor? —tartamudeó, gateando un poco hacia atrás.

Me puse de pie de inmediato, acomodándome dentro de los pantalones con manos temblorosas.

—¿Qué demonios me diste? ¿Qué había en ese whiskey?

—¡Nada! —juró ella, con la voz temblando—. No le puse nada, lo juro. Es solo whiskey, nada más.

Me apoyé contra la mesa, aferrando el borde hasta que mis nudillos se volvieron blancos. Mi corazón golpeaba contra mis costillas, ya no por la excitación, sino por el pánico y la rabia hacia mí mismo.

—Lárgate —espeto de golpe.

Ella se levantó a toda prisa y salió disparada de la habitación, dejando la puerta entreabierta por el apuro. La cerré de un golpe detrás de ella, y el eco retumbó por todo el espacio vacío.

Dejándome caer de nuevo en el sofá, me enterré el rostro entre las manos. Mi pecho subía y bajaba con fuerza mientras intentaba arrastrar aire hacia mis pulmones.

¿Por qué ella? ¿Por qué demonios vi a Arianna cuando tenía a Sharon de rodillas frente a mí?

Había construido muros a mi alrededor durante años. Sabía exactamente qué hacer cuando mi cuerpo exigía una liberación: sin sentimientos, sin ataduras. Solo transacciones, limpias y simples.

Entonces, ¿qué carajos acaba de pasar?

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP