—¿De verdad está bien que te hayas escapado así? —le preguntó a Tania con curiosidad—. Después de todo, eres la vicepresidenta de tu empresa...
—No pasa nada. Mi jefe se las arregla solo. Conmigo o sin mí, da igual —contestó Tania con indiferencia—. Pero tú deberías preocuparte más por ti misma.
—¿Y qué hay en mí de qué preocuparse? —Silvina frunció el ceño, desconcertada.
—Mira, Silvina, no tengo muchas amigas. Pero tú viste cómo me perseguían para pegarme y, aun así, me ayudaste.
Eso, para mí