Ruperto conducía a un ritmo pausado. Justo era hora pico, y el tráfico se había convertido en una marea densa que apenas permitía avanzar.
Ninguno de los dos habló; el silencio dentro del coche se volvió tan denso que resultaba incómodo.
Silvina, algo inquieta, giró levemente el rostro fingiendo observar el paisaje por la ventana.
Justo en ese momento, el semáforo se puso en rojo.
Ruperto, sin poder evitarlo, desvió la mirada hacia ella.
¡Qué parecida era!
¡Demasiado parecida!
Especialmente su