A la mañana siguiente, en cuanto Silvina abrió los ojos, notó que su madre ya no estaba a su lado.
—¿Tan temprano? ¿Dónde habrá ido mamá? —se preguntó, aún medio dormida.
En ese momento, la puerta se abrió y Alicia entró desde afuera.
Silvina dirigió la mirada hacia ella y, al verla vestida con esmero, no pudo evitar sonreír con admiración.
—¡Mamá, estás preciosa! —exclamó sinceramente.
A pesar de tener más de cuarenta años, Alicia mantenía una figura esbelta y elegante. El vestido entallado en