Silvina se sintió de inmediato molesta. Sin esperar a que la criada fuera a mirar, fue ella misma quien abrió la puerta de golpe y, sin mirar bien, soltó de forma impulsiva:
—¡Ya dije que no lo quería! ¿Por qué siguen insisti... ah, lo siento... pensé que eran... —
Se interrumpió de inmediato, rascándose la cabeza con algo de vergüenza.
Quien estaba frente a ella no era el grupo que venía repartiendo dulces de boda, sino el mismo hombre de mediana edad que había preguntado por una dirección esa