Un hombre alto, apuesto y de presencia imponente irrumpió con pasos firmes.
Su mirada fue directa hacia Silvina.
Una presión invisible llenó todo el ambiente.
Con los labios apretados, su voz resonó como un trueno helado:
—¿Quién se atrevió a ponerle una mano encima a mi mujer?
Al escuchar esa voz tan familiar, Silvina sintió de pronto que su corazón se aquietaba por completo.
¡Él había venido!
¡Leonel realmente había venido!
Tras él, una docena de hombres irrumpieron en la sala con paso firme.