Mientras Liliana se debatía en su propio tormento interior, la mirada de Leonel se desvió sutilmente hacia ella, apenas un segundo.
Solo ese gesto fue suficiente para que el cuerpo entero de Liliana temblara.
Aprovechando que nadie le prestaba atención, Liliana se escabulló discretamente del salón.
Dentro de la fiesta, las únicas dos mujeres que no se habían quedado embobadas ante el encanto de Leonel eran Tania y Mónica.
Tania, porque no tenía tiempo de distraerse: la mirada ardiente de Santiago no se apartaba de su rostro.
Y Mónica, porque ya sabía perfectamente lo atractivo que era Leonel… aunque, claro, había otra razón más profunda: su enfermiza devoción por su hermano.
Así que, cuando Liliana se marchó, Mónica fue la única que reparó en su partida.
Esperó a que los demás siguieran hipnotizados y la siguió en silencio.
Liliana salió tambaleándose, sin importarle el frío que cortaba la noche.
Abrió una ventana de golpe y dejó que el aire helado le golpeara el rostro, inte