Tania abrió los ojos y vio que la habitación estaba completamente vacía.
Silvina no estaba.
Tampoco los camareros.
Qué raro… ¿a dónde habían ido todos?
Después de aquel largo sueño, por fin había recuperado las fuerzas que llevaba días agotando.
Miró el reloj en su muñeca: ya era mediodía. Tal vez debía llamar a Silvina para almorzar juntas.
Pero antes de encontrar su teléfono, la puerta se abrió de repente.
Tania pensó que era Silvina y, sin levantar la vista, dijo distraídamente:
—¿Q