Leonel no se inmutó ni un instante.
Ema, temblando, se arrastró hasta quedar de rodillas a sus pies como un animal humillado.
—¡Leonel, me equivoqué! —suplicó con la voz quebrada.
—Llámame Señor Leonel. Ese nombre no está a la altura de tu boca —respondió él con una calma tan fría que le heló la sangre.
Leonel tomó una botella de vino tinto de la mesa, retiró el corcho y comenzó a verter lentamente el líquido sobre la cabeza de Ema.
El vino, espeso y rojo, chorreó por su cabello y su rostro,