La mansión de los Muñoz era, sin duda, majestuosa y lujosa al extremo.
Pero, al mismo tiempo, su tamaño descomunal le daba un aire algo vacío y frío.
Silvina no pudo evitar sorprenderse al ver lo larga que era la mesa del comedor.
¿Cómo se suponía que podían conversar si apenas alcanzaban a distinguirse los rasgos faciales desde tan lejos?
Por suerte, como solo eran tres personas para la comida, se sentaron cerca unos de otros.
Silvina comía torpemente, intentando aplicar las normas de etiqueta