Santiago observó la silueta de Tania alejándose por el pasillo, y su voz, apenas un susurro, se escapó con el peso de la resignación:
—El apartamento y el coche que la compañía te asignó… puedes seguir usándolos. Considéralo… una disculpa de mi parte.
Tania ni siquiera se detuvo.
—No hace falta —respondió con serenidad, sin volverse—. Ya no viviré en esa ciudad. ¿De qué me sirve una casa vacía?
Y el coche… puedo comprarme uno cuando quiera.
Sus pasos resonaron con firmeza, aunque su corazón pes