—Señor Santiago, siempre le ha encantado justificar sus acciones, pero rara vez se detiene a pensar en cómo se sienten los demás. —La voz de Silvina sonó firme, sin un atisbo de miedo—. Dígame, ¿cómo espera que Tania confíe su vida entera a un hombre tan arrogante y egocéntrico? Ella no es tonta, ¿verdad? Puede que mis palabras suenen duras, pero la verdad no deja de ser verdad.
Silvina hizo una breve pausa y luego continuó con una sonrisa amarga:
—Le pondré un ejemplo. Si algún día Liliana y T