Tania sabía que, con Santiago clavado en la puerta, nadie podía disfrutar tranquilamente de la comida. Así que, tras engullir unas cuantas cucharadas, dejó los cubiertos y se puso de pie.
—Ya estoy llena, me voy primero —anunció con ligereza.
Antes de marcharse, dio un par de palmadas en los hombros de las asistentes.
—Cuídenla bien —ordenó con tono firme.
Las chicas asintieron rápidamente.
Tania giró sobre sus talones y se marchó.
Tal como todos esperaban, en cuanto Tania se fue, Santiago sali