Cuando todos se marcharon, Silvina al fin habló con frialdad:
—Suéltame.
El rostro de Leonel estaba tan gélido como el hielo, su hermosura empañada por una sombra glacial.
No quería soltarla. Tenía la terrible sensación de que, si la dejaba ir en ese instante, la perdería para siempre.
La mirada de Silvina era igual de fría, fija en la muñeca que él sujetaba con fuerza. Su voz, helada, cortó el silencio:
—¿Y de qué sirve que me retengas así? Ambos sabemos muy bien cuál será el final. El divorci