Al regresar a la mesa, Silvina ya había recuperado su compostura.
—Perdón, me demoré un poco —se disculpó con una sonrisa tranquila.
—No se preocupe —respondieron los presentes, aliviados.
Después de todo, Silvina no había ido sola al baño: primero Ruperto y luego Leonel la habían seguido.
¿Quién se atrevería ahora a llamarla una esposa abandonada?
¿Quién había visto alguna vez a una "mujer olvidada" que fuera codiciada por los dos magnates más poderosos del país al mismo tiempo?
—Bueno… acerca