Los ojos de Leonel permanecían bajos, oscuros, imposibles de descifrar.
Nadie a su alrededor lograba adivinar lo que pensaba ni lo que escondía en el fondo de su corazón.
Los hombres sentados junto a él lo halagaban con cautela, temerosos de ofender al gran magnate.
Leonel, sin embargo, no decía una sola palabra; solo giraba la copa en su mano, observando el vaivén del vino con una calma inquietante.
Ruperto, sentado en diagonal frente a él, también guardaba silencio. Escuchaba, impasible, las