Los ojos de Leonel se deslizaron sobre Cristal con un destello de desprecio.
Qué asco.
¿Un espécimen como ese… podía realmente enfurecer a su esposa?
¿Quería dinero? Perfecto.
Él tenía de sobra… pero ¿acaso ella sería capaz de cargarlo?
La sonrisa pérfida de Leonel se fue ampliando poco a poco, provocando que las damas presentes contuvieran la respiración con un escalofrío.
Dios mío… vivir todos los días al lado de un hombre tan endiabladamente hermoso… Silvina, ¡qué suerte la tuya!
Era suficie