Tania parecía haber adivinado lo que pasaba por la mente de Silvina. Le tomó la mano y dijo:
—¡No tengas miedo! Aunque esa mujer tuviera algo con Leonel, tú eres la verdadera Señora Leonel.
Silvina esbozó una amarga sonrisa y, de repente, ya no quiso seguir mirando la escena de los viejos amantes reencontrándose. Con voz suave murmuró:
—Tania, estoy un poco cansada. No conozco este lugar, ¿me acompañas a buscar un sitio para descansar?
Tania lanzó una mirada significativa a Leonel y a Liliana,