Silvina apenas alcanzó la puerta lateral de la iglesia, y justo cuando estaba a punto de escapar, un grupo de hombres la detuvo con fuerza.
—¡Apártense! ¡Déjenme pasar! ¡No me toquen! —gritó entre lágrimas. El maquillaje corrido por su rostro la hacía lucir aún más descompuesta.
Intentó empujarlos con todas sus fuerzas, pero no importaba cuánto lo intentara: ninguno de ellos se movía un centímetro.
—¡Si no se quitan ahora mismo, juro que me haré daño! —Silvina gritó desesperada, arrancándose un