Silvina miró a Leonel con asombro, aún con una expresión de total desconcierto.
—En realidad, yo… —Leonel tragó saliva con dificultad. Aquellas palabras no las había pronunciado en mucho, mucho tiempo.
¿Cómo podía siquiera decirlas en voz alta?
El rostro sorprendido de Silvina quedó grabado con fuerza en los ojos de Leonel.
—Yo… —acababa de abrir la boca, cuando de repente sonó un golpe en la puerta.
¡Leonel volvió en sí de golpe!
—¿Quién es? —preguntó Silvina enseguida.
—Leonel… —la voz melosa