Reglas que Asfixian.
La primera vez que entendí que el problema no era la mansión, sino lo que esperaba de mí, fue cuando me dijeron cómo tenía que sentarme.
No fue una orden directa, nadie en ese lugar daba órdenes de forma evidente, era peor que eso.
Era una corrección sutil, una observación elegante, una sonrisa amable que escondía juicio. Una mujer de unos cincuenta años, perfectamente vestida, con el cabello recogido en un moño tan preciso que parecía intocable, se inclinó apenas hacia mí mientras yo intentaba