Que me miren.

Alaric no dice nada durante dos segundos.

Dos segundos que pesan más que todo el maldito pasillo de antes, su mirada sigue fija en mi ropa.

En la mancha, en la tela rota, en lo que dejaron expuesto.

No me cubro, si siquiera lo intento. Si lo hago, pierdo, y no pienso perder dos veces en menos de diez minutos.

—¿Te caíste? —dice al fin.

Seco, frío, como si no hubiera visto nada raro.

Lo miro directo.

—Claro —respondo—. Me tropiezo y la gente me tira café encima, pasa todo el tiempo.

Su mandíbula
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