El atardecer caía suavemente sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados que parecían pintados a mano. La brisa era ligera, tibia, perfecta. Desde el balcón de su hogar en Francia, Catalina sostenía a su bebé contra su pecho, balanceándolo con un cuidado casi instintivo, como si su cuerpo hubiera aprendido ese lenguaje desde siempre.
Había algo distinto en ella ese día.
No era solo la calma… era decisión.
—Hoy… —susurró, besando la cabecita del pequeño— hoy vamos a cambia