El pasillo parecía interminable.
Catalina no sabía cuánto tiempo llevaba sentada frente a la puerta del quirófano. El reloj en la pared marcaba los minutos con una crueldad insoportable, cada segundo cayendo como una gota pesada sobre su pecho.
Sus manos seguían frías.
El silencio hospitalario no ayudaba. Era un silencio lleno de sonidos mínimos: el roce distante de una camilla, el pitido lejano de algún monitor, pasos apresurados que no eran para ella. Cada vez que una puerta se abría, su cora