La luz blanca de la unidad de cuidados intensivos era implacable.
Catalina permanecía de pie junto a la cama, observando el rostro inmóvil de Axel. Catalina miró el vendaje en su abdomen. Sintió nuevamente aquella opresión amarga en el pecho. Pensar en el momento exacto en que alguien decidió apretar un gatillo contra él le producía una mezcla peligrosa de rabia y desolación.
Se inclinó levemente hacia Axel.
—No te atrevas a rendirte —murmuró apenas, tan bajo que solo ella pudo escucharlo.
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