—Catalina —murmuró, tomando suavemente su brazo—. Déjame verlo.
Ella levantó la mirada hacia él, un poco sorprendida, pero obedeció. Axel tomó el dulce, lo inspeccionó con detalle, y un escalofrío recorrió su columna. Su rostro, normalmente imperturbable, se tensó.
—Esto… —dijo con voz grave, mirando a Catalina—. No es un simple dulce.
Catalina frunció el ceño, confundida y un poco asustada:
—¿Qué quieres decir? — Pregunta ella con cautela percibiendo el ligero tono de amenaza en la voz de