CUARENTA Y SEIS

La madrugada cayó sobre la Mansión Fort como un susurro contenido, un silencio pesado que ni los muros de mármol lograban disipar. La habitación de Catalina permanecía a oscuras, apenas iluminada por la tenue luz que se colaba desde la ventana. Todo estaba quieto, inmóvil… hasta que sus ojos se abrieron lentamente, despidiéndose del sueño que por fin la había acogido después de horas de dolor.

Lo primero que sintió fue alivio.

Un alivio inesperado, casi milagroso.

El dolor en su abdomen había disminuido por completo, como si una mano invisible lo hubiera apartado con ternura. Catalina exhaló, larga y profundamente, una bocanada de aire que no sabía que estaba conteniendo.

Despertar sin dolor…

Qué lujo tan simple y tan olvidado, pensó.

Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.

No era su pequeño departamento cálido, con sus cortinas color crema y el aroma suave a jazmín.

Era la habitación amplia y fría de la Mansión Fort; los techos altos, las paredes impecables, el vestigio constan
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