El amanecer en Barcelona se filtraba delicadamente por los cristales amplios del departamento. La ciudad despertaba con un murmullo suave, como si respirara en paz antes del tumulto del día. Catalina, sin embargo, ya estaba despierta desde hacía un largo rato. No había dormido bien—entre el dolor que amenazaba con regresar y la incomodidad de un lugar desconocido—pero aun así había decidido levantarse temprano.
Se encontraba en la cocina, sosteniendo una taza de té caliente entre las manos. El