El amanecer en Barcelona se filtraba delicadamente por los cristales amplios del departamento. La ciudad despertaba con un murmullo suave, como si respirara en paz antes del tumulto del día. Catalina, sin embargo, ya estaba despierta desde hacía un largo rato. No había dormido bien—entre el dolor que amenazaba con regresar y la incomodidad de un lugar desconocido—pero aun así había decidido levantarse temprano.
Se encontraba en la cocina, sosteniendo una taza de té caliente entre las manos. El vapor subía lentamente, acariciándole el rostro mientras intentaba calmar el ligero malestar que le acompañaba desde la madrugada. Vestía una camisa holgada que había tomado de su maleta y el cabello lo llevaba recogido de manera sencilla. Se veía frágil, pero al mismo tiempo había una serenidad en su mirada que pocas veces se permitía mostrar.
Escuchó pasos firmes descendiendo por las escaleras. No necesitó voltear; sabía perfectamente de quién se trataba. Axel Fort apareció segundos después,