El avión tomó tierra en Francia con un descenso suave, pero Catalina sentía que cada vibración del fuselaje le sacudía el cuerpo entero. Habían viajado en silencio, un silencio tan pesado que parecía llenar todo el aire entre ellos. Cuando por fin descendieron del jet privado, el clima frío de la tarde francesa los recibió con un viento cortante que hizo que Catalina se abrazara a sí misma.
Axel, en cambio, avanzó como si nada pudiera afectarle.
El chófer asignado para ellos ya los esperaba en la pista con el vehículo preparado y el motor encendido. Axel abrió la puerta trasera para Catalina con un gesto rápido, casi automático. Ella se acomodó en el asiento, sin expresar palabra. Axel se colocó a su lado, rígido, concentrado, como si su mente estuviera ya dentro de la empresa antes incluso de llegar.
Apenas el vehículo comenzó a avanzar por las calles francesas, Axel dio la primera instrucción.
—Llévenos directamente a la filial —ordenó con su tono helado.
Catalina frunció levemente