El amanecer en Madrid fue gris, pesado, como si la ciudad presintiera que algo estaba a punto de romperse.
Axel Fort llevaba más de una hora en su oficina. No había tocado el café que su asistente había dejado sobre el escritorio ni había abierto el informe financiero que normalmente habría acaparado toda su atención. Estaba de pie, junto al ventanal, con las manos cruzadas a la espalda, observando la ciudad desde lo alto, pero sin verla realmente.
Su mente no estaba allí.
Estaba en Catalina.
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