Catalina había logrado alejarse varias cuadras del lugar donde los periodistas la habían rodeado. Caminaba sin rumbo fijo, con el corazón aún acelerado, pero con la cabeza extrañamente clara. No lloró. No lo haría. Había aprendido hacía mucho tiempo que las lágrimas solo alimentaban a quienes deseaban verla débil.
Fue entonces cuando una voz la detuvo.
—Señora de Fort… Catalina.
Ella se giró de inmediato, preparada para otro ataque, otro micrófono, otra pregunta indecente. Pero lo que encontró