Dante caminaba en círculos en la biblioteca, con la mandíbula tensa y los músculos de su espalda rígidos de la frustración. Una y otra vez, se llevaba la mano a la cabeza, como si el simple acto de presionar sus sienes pudiera aliviar el caos de pensamientos que lo atormentaban.
Aurora lo miraba en silencio, con el ceño fruncido, intentando descifrar la tormenta que se cernía en la mente de Dante. Alonzo, por su parte, permanecía apoyado en la pared, con las manos hundidas en los bolsillos de