Antonio se movía entre pasillos ocultos, como una sombra. Su rostro, antes sereno, ahora estaba tenso, manchado con rastros de sudor y furia contenida.
Sabía que no podía ganar esta vez. Dante había llegado con todo… y él no podía arriesgarse a caer.
—Maldito seas, Dante… —murmuró, apretando los dientes mientras descendía por una escalerilla de hierro oxidado que lo llevaba a un viejo túnel de escape.
El sistema subterráneo había sido construido por el anterior dueño. Nadie lo conocía salvo é