La noche se había calmado, pero el aire aún estaba cargado de cenizas y humo. La mansión de Dante, ubicada al otro extremo de la ciudad, estaba en completo silencio. No había gritos, ni disparos, ni fuego. Solo quedaban el eco de los pasos, el crujido del mármol bajo las botas y las emociones tensas flotando como un veneno invisible.
Dante bajó de la camioneta con Aurora entre sus brazos. No la había soltado ni un segundo desde que la rescató. Sus brazos la rodeaban con fuerza, como si temiera