La lluvia caía con rabia sobre la vía, como si el cielo mismo llorara por los cuerpos sin vida esparcidos sobre el asfalto.
Vittorio descendió del vehículo, los pasos firmes aunque su corazón retumbaba con rabia y desesperación. Los cadáveres de sus hombres, leales hasta el final, yacían desordenados entre charcos de sangre y barro. Algunos aún con las armas en la mano, otros con los ojos abiertos al vacío.
Cerró los puños.
—¡Mierda! —gruñó, la voz teñida de impotencia. Dio una patada a una pi