Alonzo y Fiorella estaban enredados en un frenesí de deseo. Sus cuerpos se encontraban en una danza salvaje, suspiros y jadeos llenaban la habitación mientras las sábanas se arremolinaban alrededor de ellos. Fiorella, con su melena despeinada y su piel ardiendo de placer, se aferraba a Alonzo con una intensidad casi desesperada.
Él, con su cuerpo firme y ardiente, recorría cada centímetro de su piel con labios hambrientos, dejando un rastro de fuego a su paso.
Era un encuentro impulsivo, alime