La habitación del sótano apestaba a humedad, hierro oxidado y desesperación. Las luces parpadeaban de forma intermitente, como si hasta la electricidad tuviera miedo de permanecer allí demasiado tiempo.
Mateo estaba atado a una silla de metal, las muñecas ensangrentadas por los grilletes, la boca seca y la frente cubierta de sudor. Respiraba con dificultad, el golpe en el estómago que Dante le había dado al capturarlo todavía lo tenía sin aliento.
Frente a él, Dante permanecía inmóvil. Su rost