Dante miró la escena y lo peor pasó por su cabeza, lo peor al imaginar a Aurora.
—¡Mierda! —rugió Dante, corriendo hacia él.
Se arrodilló junto a Francesco, con las rodillas deslizándose sobre el suelo manchado de rojo, y de inmediato presionó dos dedos contra el cuello del hombre, buscando un pulso que tardó demasiado en llegar. Estaba débil, casi imperceptible, pero aún latía.
Dante iba a levantarlo, pero en ese momento la mano temblorosa de Francesco se aferró a su brazo con una fuerza dese