Dante salió del club con el ceño fruncido, el rostro cubierto por la sombra del su aura. La tarde era húmeda, el aire denso, cargado de una tensión que no se podía ignorar.
No dijo nada al principio, simplemente caminó entre sus hombres, todos armados, todos atentos, como perros entrenados esperando la señal de su amo. Se detuvo junto a las camionetas negras que aguardaban en fila, encendidas, con el ronroneo de los motores listos para avanzar.
—Suban a las camionetas. —La orden salió de su bo