Dante alzó la vista, sus ojos cargados de furia contenida. La tensión en el aire era tan densa que cualquiera podría haberla cortado con un cuchillo. Miró a Alonzo, que se mantenía firme junto a él, como una estatua esculpida por la violencia y los años.
—No voy a quedarme aquí esperando —dijo Dante con voz grave— Saldré a buscar a Aurora.
Alonzo asintió lentamente, como si hubiese estado esperando esas palabras desde el momento en que supieron de su desaparición. No había sorpresa en sus ojos,