Cuatro días después
La luz de la mañana se colaba por las ventanas altas de la mansión, acariciando las cortinas de lino como dedos invisibles.
Aurora bajó las escaleras con una sonrisa tenue en los labios, su vestido blanco danzando con cada paso, su cabello suelto cayéndole por la espalda. El aire olía a café recién hecho, a madera antigua y a una calma que casi parecía ajena después de tanto caos.
Caminó por el pasillo hasta la puerta de la biblioteca. Sus dedos tocaron la perilla dorada co