Dante guardó el arma en la pretina de su pantalón. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos oscuros seguían clavados en el horizonte donde la camioneta de Ulises había desaparecido.
El ruido de los disparos aún resonaba en sus oídos, mezclándose con el rugido del motor alejándose a toda velocidad.
Respiró hondo, intentando calmar la furia que hervía en su pecho. Luego, con dificultad, comenzó a caminar hacia Aurora. Cada paso le dolía, una punzada aguda le atravesaba la pierna izquierda, pero no le